Era la cuarta noche que pasaba allí, totalmente sola, sin amigos, la verdad es que estar tan sola ,e hacía pensar en volver a casa y tirar todos mis estudios y trabajos por la borda. Todos los días hacía lo mismo; me levantaba y tomaba un café mientras leía el periódico o hacía intento de entender aquel idioma, me iba a trabajar y cuando volvía y veía la televisión de aquel destartalado apartamento sin muebles, me producía una mayor sensación de vacío.
Pero todo esto cambió cuando conocí a Michael, toda la soledad se volvió en besos y abrazos a todas horas, deseaba que terminara el trabajo para poder estar con él. El destartalado apartamento se convirtió en precioso y acogedor, poco a poco aprendí Alemán, al frío, a las personas y sobre todo me iba acostumbrando a Michael, a una vida llena de sonrisas, una vida de ensueño.
Pero sabía que no debería haberme acostumbrado tanto a él, no pensé en las consecuencias que tendría si algún día me faltaba, en realidad nunca se piensa, nadie imagina lo que habrá a la vuelta de la esquina.
Pues yo fui una de esas ingenuas e ignorantes que se enamoró locamente del chico de película, se enamoró del amor.
Otoño de 1996, un Huracán arrasa Berlín, vuelvo a quedarme sola en un apartamento, es muy difícil asistir cada día al trabajo y volver y no verte en el sofá esperándome con una flor, antes de dormirme le daba un par de vueltas al anillo de pedida que me había regalado hace unas semanas. Es cruel y difícil hablar de él en pasado, y sentir que lo nuestro siempre pudo haber sido eterno.
Hoy con las maletas hechas y en la puerta de este melancólico apartamento me despido de él y de mis más preciados recuerdos, me he decidido a abandonarlo todo, empezar de cero, una nueva vida para así poder sonreír de nuevo.
En el cementerio, dejándole una rosa blanca de despedida, me voy de Alemania, pero sé que nunca volveré a amar como le amé a él.