Salíamos del restaurante de mano, sería nuestra tercera o cuarta cita, no lo recuerdo muy bien, pero me acuerdo de esa noche detalle por detalle. Fue una noche llena de pensamientos compartidos.
Nos dirigimos a la playa, en el coche no hablamos, estuvimos en silencio, pensativos, sin música, con ambos cristales abiertos intentando que las dudas desaparecieran.
Él tenía las mismas preguntas que yo, estaba segura, pero lo que no sabía era si irían del mismo tema.
Cuando llegamos la luna cubría de un tenue brillo todo el mar y la arena, era una vista realmente maravillosa, pero tenía tanto miedo de su reacción por lo que iba a decirle, que ni pude apreciarla en ese momento, el cielo no parecía tener ni Luna para mí.
Nos sentamos en la arena sin pronunciar una palabra, estaba tan raro y callado que me hacía dudar si decirlo o no, aunque él podría haber pensado lo mismo de mí ya que yo esquivaba todas sus miradas.
Tenía que confesarle que me estaba enamorando, y que pese a que yo no quería, lo estaba haciendo sin darme cuenta y no podía pararlo de ninguna forma, aunque la verdad es que no me apetecía pararlo. Ese era mi pensamiento, mis preguntas de si él sentiría lo mismo, y mi mayor miedo, el cómo sería su reacción al decirlo.
Pero que iba a saber yo que por su cabeza rondaban los mismos pensamientos que por la mía.
Ambos nos miramos, sonreímos por fin y nos dijimos al unísono el "Te Quiero" más bonito y poco peculiar de mundo. Parecía una película, pero me alegré de que aquella fuera nuestra realidad, todos los pensamientos, dudas y nervios que tenía desaparecieron cuando sonó en el silencio de las olas un beso lleno de "Te Quieros".
